Cada generación tiene su manera de recibir conocimientos, cultura y tradiciones. En el pasado se transmitían oralmente, a través de miles de historias que pasaban de unas generaciones a otras: del oído al corazón, y del corazón a la boca. Después llegaron el libro y la educación formal: del oído y los ojos al corazón, y del corazón a la boca. Y, más tarde, el cine, la televisión y la radio irrumpieron con fuerza y se convirtieron también en poderosos medios de transmisión, recepción y adoctrinamiento cultural: todos nuestros sentidos estimulados.
Para quienes nacimos en los ochenta, la gran influencia vino de la industria del entretenimiento: colores, música y estilos extravagantes por doquier. Ya para los años noventa, muchas sitcoms eran una cita semanal. Las series que veíamos nos hacían esperar sus capítulos con paciencia e ilusión y, lo mejor de todo, era que todo el mundo veía las mismas. Eso nos daba tiempo a debatirlas, crear teorías, elegir a nuestros personajes favoritos y dar forma al fenómeno fan.
(Tenéis que saber que yo no soy una persona que añore el pasado, pero justo esto sí que lo echo mucho de menos).
Si repaso a los personajes de ficción que me han enamorado y que han influido en mi personalidad, veo un patrón clarísimo: ya veréis a lo que me refiero.
Phoebe Buffay (Friends), Phil Dunphy (Modern Family), Edward Bloom (Big Fish), Idgie Threadgoode (Tomates verdes fritos). Todos tienen algo en común:
son excéntricos y sensibles; tienen un gran sentido del humor y carácter; poseen un mundo riquísimo en su interior; y, pese a las dificultades, viven con autenticidad.

Mientras escribía, inevitablemente entré en un proceso de introspección que me hizo pensar: ¿Qué dice de mí el amor que siento por estos personajes? ¿Qué es lo que me inspira tanto de ellos y por qué? ¿Habrán perfilado mi personalidad? ¿Forman parte de mí o solo me entretienen?
¿Qué dice de mí el amor que siento por estos personajes?
Al hacerme estas preguntas derivé en un recuerdo. Cuando estaba cursando mi último año de bachillerato, nos hicieron algunas pruebas de aptitudes que «supuestamente» nos alumbrarían, como un faro, el camino para elegir una «buena profesión universitaria». Los test arrojaban una serie de cualidades y potencialidades que, cual oráculo, determinaban a qué profesión te podrías dedicar. En mi caso, el oráculo habló y dijo que me orientara hacia carreras de «ayuda al otro», como enfermería, magisterio o psicología.
Como buena rebelde, desobedecí el mandato y elegí Ingeniería Industrial. ¡Jajaja, qué ilusa! (En este caso, el oráculo tenía razón y los dioses respondieron con fuerza a mi acto de resistencia, reprobándome hasta los buenos modales).
EL ORÁCULO HABLÓ.YO, NATURALMENTE, DESOBEDECÍ.
Un año después me cambié de carrera a Ciencias Pedagógicas (amé con toda mi alma esa carrera), aunque, aún a día de hoy, me sigue gustando la Ingeniería Industrial. Pero siento que tuve profesores que no tenían la pasión necesaria por lo que transmitían; no sentían pasión por los números, los ángulos y las integrales, los materiales, la construcción, el diseño.
Si mis profesores hubiesen sido la mitad de entusiastas que Phil Dunphy o la mitad de originales que Phoebe Buffay, estoy 100 % segura de que hoy sería ingeniera industrial. También estoy muy segura de que, si mi elección hubiese discurrido por carreras como Sociología, Filosofía, Ciencias del Deporte o Mecánica Automotriz, también habría acertado.
El oráculo peca de prudente y se queda muy corto en sus recomendaciones
Después de recordar esto, se me vino una ocurrencia, a priori muy loca: ¿te imaginas que, en vez de pasarte esos test, analizaran los personajes reales y de ficción que te movían el espíritu? Entonces mi abanico de opciones se ampliaría mucho. Por ejemplo:
Podría ser una gran negociadora, porque mi profesora Roxana despertó en mí el interés por el debate; una agente inmobiliaria como Phil Dunphy; una vendedora ambulante y viajera como Edward Bloom; una camarera y propietaria de una cafetería que, además, fuese jefa de una red clandestina para ayudar a fugitivos, como Idgie Threadgoode; o una masajista y emprendedora como Phoebe Buffay.
Prepárate, que ahora viene lo bueno: se te van a abrir los ojos como platos. Resulta que mi experiencia laboral ha transcurrido por diferentes caminos. ¡Te cuento! He sido negociadora, vendedora, camarera, dueña de una cafetería, emprendedora y masajista. De momento, me queda pendiente lo de la red clandestina de ayuda, jajaja (al tiempo…).
Puedo afirmar con seguridad que estos personajes sí reflejan mi interior, mis inquietudes y mis valores.
Quizás por eso los he querido tanto. Y ¿puedes creer que ha sido escribiendo este artículo cuando me he dado cuenta de ello? Quizás a ti te pase igual… ¡Bueno, continuemos!
Personalmente, la gente que me causa curiosidad, real o creada para la ficción, es aquella que se crece en las adversidades, se transforma y elige siempre una actitud entusiasta frente a sus circunstancias. Pero, ojo, no hago exaltación del sufrimiento; nunca me verás hacerlo porque lo creo innecesario. Por el contrario, siento necesario crecer en un mundo más amoroso, sano, desinteresado, menos competitivo y más original.
Valoro la resiliencia auténtica, no la que se cuenta como un eslogan, sino la que se forja en lo íntimo, sin glamour, y que transforma heridas en creatividad, humor o sabiduría. También valoro la sensibilidad ética; no me va para nada romantizar el sufrimiento. Es más, pienso que deberíamos ir rompiendo los eslabones de esas cadenas que nos llevan a repetir formas de vivir que producen sufrimiento simplemente porque las hemos heredado, aprendido o normalizado, y que no nos dejan descubrir qué nos da sentido en nuestra existencia.
Como diría Idgie: ¡TOWANDA!
Si hay un personaje que encarna perfectamente esas características es la gran Phoebe Buffay.
Phoebe Buffay es uno de los seis personajes principales de la serie Friends. Es una mujer muy particular. Durante su infancia vivió en la calle; su madre se suicidó, su padre la abandonó, su padrastro estaba en la cárcel y su hermana gemela se olvidaba incluso de que existía. A pesar de todo esto, Phoebe era un personaje muy alegre y optimista. Sus principales trabajos fueron como masajista, cantante en el Central Perk, compositora de Smelly Cat, taxista, camarera en los catering de Monica y extra en una serie de televisión. No recuerdo si tuvo más trabajos.
La historia de Phoebe es brutal porque, aunque sus circunstancias fueron tremendamente adversas, conserva algo que me fascina de ella: esa energía que parece nacer de dentro y desde la que decide cómo quiere vivir. En su caso, con creatividad y alegría.
Pero ¿cómo se convirtió en masajista? Nunca lo explican. Tampoco se sabe si hizo un curso o aprendió por su cuenta, aunque, conociéndola, pudo haber aprendido de una monja tibetana que conoció en un viaje astral o en un taller gratuito en Central Park. En cualquier caso, lo importante es que Phoebe encontró en el masaje una forma de ayudar a los demás y ganarse la vida.
Lisa Kudrow - la actriz que hace de Phoebe Buffay - contó en una entrevista que para crear el personaje se inspiró en una compañera de colegio que, a pesar de haber pasado por situaciones muy duras, siempre mantenía una actitud optimista.

Yo, sin saberlo, también me convertiría en masajista. Y Phoebe me enseñó mucho sobre ética, sobre las situaciones que pueden ocurrir en una camilla y sobre cómo resolverlas.
Os voy a narrar, a modo de ejemplo, algunas tramas que se desarrollaron en torno a la profesión de masajista y cómo Phoebe las resolvía:
Ejemplo 1: Alguien puede morir en tu camilla
En un episodio, una señora mayor fallece mientras recibe un masaje de Phoebe. Lo gracioso es que el «espíritu» de la mujer decide meterse en el cuerpo de Phoebe porque siente que aún le quedan cosas por vivir. ¡Vamos, que aún no es su momento!
En ese capítulo, Phoebe también acude a la boda de la exesposa de Ross con su novia bajo el influjo «del espíritu», el cual sale de su cuerpo cuando las declaran mujer y mujer, afirmando que ya ha visto todo lo que tenía que ver (recordemos el contexto y la época de la serie, aunque ya era vanguardista).
Más allá del humor, este capítulo toca varios temas: la forma en que Phoebe trata a las personas con dignidad y respeto, especialmente a los adultos mayores (y a sus espíritus, jajaja), y la posibilidad real de que una situación así pueda ocurrir en la vida de un masajista. La muerte siempre está en la vida y reconocer que esto puede suceder también forma parte de nuestra profesión.
Ejemplo 2: El cuerpo es sagrado y merece el máximo respeto
En otra ocasión, Ross se hizo pasar por masajista porque creía que le iba a dar un masaje a una mujer guapísima (obviamente, por motivos totalmente opuestos a los de nuestra profesión), pero terminó con el padre de ella en la camilla. La escena muestra su incomodidad y hasta rechazo por el cuerpo de ese señor, al punto de dar el masaje con cucharas de madera que encontró en su cocina para evitar así tocarlo.

Phoebe, al enterarse de lo ocurrido, confrontó a Ross y le explicó lo irrespetuoso que había sido con uno de sus clientes, dejando claro que para ella existía un «código ético del masajista». Lo que Phoebe me enseñó en este capítulo es que el masaje exige respeto absoluto hacia la persona que tienes bajo tu cuidado, sin importar la edad, el género, el color de piel, las creencias o cualquier otra diferencia. Nuestro trabajo no es exclusivo, sino inclusivo; nuestras manos se entrenan día a día para ofrecer soluciones, bienestar y equilibrio a cualquier persona que acuda a nosotros.
Ejemplo 3: La incompatibilidad entre cliente y masajista existe
Hay un episodio en el que se plantea un tema curioso y que, a veces, pasa. Se plantea la «posible incomodidad» de Mónica por recibir un masaje de su gran amiga Phoebe, pero esta la convence de intentarlo porque es superprofesional y está segurísima de que Mónica se sentirá totalmente cómoda. Pero a veces pasa que podemos ser las mejores amigas del mundo y, aun así, ser incompatibles en un masaje.
Resulta que Mónica expresa su placer con ruidos exagerados y muy similares a gemidos sexuales. Esa situación incomoda tanto a Phoebe que apenas puede concentrarse y seguro que quiere «arrancarse las orejas». Y sí, lo digo con certeza porque me ha pasado alguna vez y me parece una situación muy incómoda.
Esto refleja cómo, más allá de la técnica, a veces existe cierta incompatibilidad entre cliente y masajista. No significa que uno de los dos esté haciendo algo mal; simplemente, no siempre encajamos. Quizás tú no hablas y ella necesita conversar durante todo el masaje; tú eres serena y la otra persona extremadamente nerviosa; o determinadas formas de expresarse pueden hacerte sentir incómoda. Y un largo etcétera. A partir de ahí, ¡tú decides!
Ejemplo 4: La contradicción y lucha frente a la industria del wellness
Phoebe también nos muestra la otra cara del trabajo como masajista: a veces se genera tensión en nuestro interior entre las convicciones personales y las exigencias de la industria del bienestar (no se llama «industria» en vano). En algunos capítulos se evidencia cómo ella, aun teniendo principios claros y un fuerte sentido ético, debía aceptar trabajos en entornos que no coincidían con su forma de ver la profesión, más específicamente, en spas.
Esa contradicción es muy real: quienes hemos trabajado dentro de la industria del wellness sabemos lo injusta, desigual y poco ética que puede ser. Se habla de cuidado y bienestar, pero muchas veces se precariza a los profesionales, obligándonos a negociar entre nuestro «sentido existencial-profesional» y las condiciones laborales para poder acceder a derechos básicos.
Se viene propaganda…😯 Yo lo viví en primera persona y, por eso, en mi libro Cuando dejé de vender mis manos. La metamorfosis de una masajista, hablo de lo difícil que es al principio obtener experiencia y conseguir clientes. Al entrar a trabajar en un spa, te encuentras de frente con un sistema que explota esa vocación hasta dejarte completamente vacía. En mi libro recomiendo trabajar un año en un spa, adquirir experiencia, aprender qué es lo que más te entusiasma y construir tu propio camino. También aclaro que siempre hay excepciones, aunque, de momento, yo no conozco ninguna.
El aprendizaje que deja Phoebe (y que yo confirmé) es que debemos ser conscientes de esa contradicción, cuestionarla y encontrar la manera de ejercer nuestra profesión sin perder nuestra dignidad ni nuestra voz.
Ejemplo 5: La ética como solución a las situaciones más comprometidas
Uno de los aprendizajes más valiosos viene en un capítulo que es para morirse de las risas. Aquí vemos a Phoebe muy nerviosa porque se siente atraída por su cliente y sabe que no debe hacer absolutamente nada que comprometa su ética. Para no dejarse llevar por esa tensión, se concentra en partes neutras del cuerpo de Chandler (a quien ve como un hermano) para no proyectar intenciones erróneas en sus manos. Así pasa una hora eterna imaginando que masajea: «la rodilla de Chandler»😓, «el pie de Chandler», «la mano de Chandler…». Al final, termina confesándole a su cliente lo que le ocurre y deja claro que, como masajista, no puede mezclar deseo con trabajo.
La enseñanza aquí es clara: jamás debemos confundir un masaje con lo sexual (de masajista a cliente y de cliente a masajista). Eso mancharía a quien lo hace y a la profesión entera, y puede dejar huellas profundas en la persona atendida. No podemos usar nuestra posición de poder y no debemos olvidar que desconocemos la historia personal de quien confía en nosotros para su cuidado. Por eso, nuestra intención y energía deben ser siempre limpias y profesionales.
Jamás debemos confundir un masaje con lo sexual.
Ejemplo 6: No todo el mundo sirve como masajista
Finalmente, está el famoso capítulo donde Mónica se revela como «la peor mejor masajista del mundo» (no lo escribí mal). Es que Mónica siempre tenía que ser la mejor en cualquier cosa. Cuando comienza a darle un masaje a Phoebe, esta grita desesperadamente por el dolor, le pide que pare y, con total franqueza, le dice: «Como masajista y como ser humano, te ruego que no le hagas esto a nadie».

Jajaja. Más allá de las risas, aquí queda clarísimo que no cualquiera sabe dar un masaje o puede ejercer esta profesión. Se necesita sensibilidad, técnica, conocimientos, vocación y varios cientos de masajes para comenzar a sentir cierto dominio en las manos. En mi experiencia, yo diría que alrededor de 500.
Y por todos estos ejemplos (y por cómo los viví, los interioricé y los elevé casi a un nivel «celestial»), para mí, Phoebe Buffay es la mejor masajista del mundo mundial.
Para mí, Phoebe Buffay es la mejor masajista del mundo mundial
Te propongo un ejercicio: piensa en tus personajes de ficción y reales favoritos, aquellos que tanto te han influido. Analiza sus cualidades y valores; hazte las preguntas necesarias para descubrir qué hay de ti en esos personajes. Y, por favor, conoce a Phoebe Buffay, porque tiene soluciones para muchas de las cosas que pueden pasarnos como masajistas.
A llegado el momento en que mis personajes preferidos se despiden de ti a su manera. O, al menos, de la manera en que sus palabras se quedaron conmigo:
Phil Dunphy y su Phil-osophy, recordándome que siempre
hay que llevar el ritmo en el corazón y una pequeña canción en la cabeza.
Edward Bloom y sus historias,
un hombre cuenta sus historias tantas veces que termina convirtiéndose en ellas; las historias viven después de él y, de alguna manera, así se vuelve inmortal.
Phoebe Buffay, poniendo límites como nadie,
me encantaría, pero no quiero.
Idgie Threadgoode:
¡Towanda! Poder, rebeldía y fuerza.
A VECES EL ORÁCULO NO ADIVINA EL FUTURO. SOLO TARDA AÑOS EN EXPLICARSE.
Hasta la próxima. (Deja un comentario si quieres compartir qué dijo tu oráculo que serías antes de que acabaras siendo masajista).
Este artículo fue escrito bajo la influencia de Saturno retrógrado en Piscis y con la energía de un eclipse de luna en Piscis. Esto es verdad, pero no sé exactamente qué significa (yo soy Piscis, jajaja).
Escrito por Lygia Margarita Muñoz Páez
Imágenes generadas con IA para el cuaderno de una masaijsta.